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    Un columpio para Luna

     

              De mi niñez recuerdo pocas cosas, y si hago un recuento serían menos las que recordara fielmente; sin embargo, hay recuerdos que son indelebles al tiempo; como las noches en víspera de Navidad cuando apagaba todas las luces de la casa y me quedaba sentada por horas iluminada sólo por los reflejos multicolor del árbol que adornaba la sala, contando los parpadeos hasta quedarme dormida y soñar con los juguetes del día siguiente.  

    Recuerdo en especial las tardes que pasaba con mis primos jugando en el naranjo del patio trasero de la casa de mis abuelos, había resistido a las plagas, al paso del tiempo, a los murciélagos que lo rondan por las noches y a los niños que lo acosan por el día; cuando lo hacíamos partícipe de nuestras batallas, o simplemente nos trepábamos en sus ramas en busca de los frutos más jugosos.

               Y ahí, en aquél cómplice de nuestra infancia, colgaba un columpio pequeño de madera que hizo mi tío, único hermano de mi madre que desde joven aprendió el oficio de carpintero.

    Lo recuerdo con especial cariño por ser mi juguete favorito desde que empecé a tener conciencia y sentido de posesión, también recuerdo la sorpresa el día que noté su ausencia y al preguntarle a mi madre me dijo:

    -Pues tú ya no lo usabas, así que se lo regalé a tu tía Irma desde la semana pasada, ¿que no te habías dado cuenta?

              -No- le dije con tristeza. Hasta ese momento no había notado que ya no colgaba más, y sentí como si un pedazo de mi niñez se fuera flotando como globo hasta perderse en el cielo raso. Era cierto que hacía tiempo no me mecía en él, y que cada día que pasaba me costaba más trabajo acomodar mi pequeña humanidad en sus cada vez más gastadas tablas.

    Pero aún así, era mí columpio.

    -¿Así es crecer?- pensé ¿Dejar  de notar los juguetes hasta que un día nos vemos sorprendidos por su ausencia?

    Me sentí triste, como si además del columpio se hubieran llevado mi infancia, y aunque ya no era precisamente una niña, decidí, con la inocencia de mis nueve años, dejar de crecer.

    Pero seguí creciendo, me convertí en una joven de aspecto desgarbado, apenas interesada en otra cosa que no fuera libros.

    Mi madre solía decirme que con ese aspecto de muchacho y con las costumbres de un ratón de biblioteca era poco probable que consiguiera pretendientes, menos novio, pero eso nunca llegó a preocuparme.

              Años después, un día que iba de visita a la casa de mi madre, de la cual hacía tiempo atrás me había mudado a un lugar más pequeño pero independiente; vi un montón de cachivaches apilados en la banqueta esperando que pasara el camión de la basura, y cuál sería mi sorpresa al ver entre triques y cacharros oxidados el columpio de mi niñez.

    Al parecer había sido heredado nuevamente a otros primos más pequeños algunos años atrás y luego desechado, como si toda la historia grabada en sus grietas no existiera.

             De pronto se agolparon en mi memoria recuerdos olvidados, esas tardes en la casa de mis abuelos, esas noches al pie del árbol de navidad, esos días que había dejado atrás en que decididamente había jurado no crecer más.

             Tomé el trebejo y caminé media cuadra más. Una de las tablas que servían de asiento colgaba de un lado y estaba pintado de un horrible color plateado que no se parecía para nada al rosa pastel que tenía originalmente.

    -¿Y esa cosa? Fue la pregunta de mi madre al verme llegar, y luego, creo que asaltada por la nostalgia, empezó a contarme que antes de que yo naciera, su hermano había empezado a tallar el columpio. “Mucho antes” repitió.

             -¿Y de qué color lo vas a pintar?- Me preguntó nerviosa, tal vez exaltada.

    - De rosa- respondí.

    Me miró a los ojos, como si mirara a un astro que hubiera bajado hasta la atura de sus ojos. Sonrió con dulzura.

    -Yo diría que de blanco, aún es muy pronto para saber

    -Yo ya lo sé- le dije con una sonrisa cómplice de mis pensamientos.

              Cuando recuperé el columpio, pensé que me aferraba a algo más tangible que un recuerdo de aquellos días. No lo vi de otra manera hasta saber de tu llegada. Entonces supe que no había sido la casualidad, sino el destino, el que me había llevado ese día, por esa calle. Así, tú, mi pequeña Luna, tendrás un columpio donde mecer tus risas de niña, cómo lo hice yo en las tardes más felices de mi infancia.

     

     

    Astrid Paola